| Haití vs Estados Unidos, una invasión consentida por todos |
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| Jueves, 28 de Enero de 2010 18:33 |
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El primer indicio sobre esta situación lo tuve al ver circulando por las polvorientas calles de la ciudad algunas camionetas último modelo Hummer, Ford, Nissan, Toyota y Mitsubishi. Sin embargo, la sorpresa mayor me la llevé cuando fui a hacer las compras. En las góndolas de uno de los Big Market del barrio PétionVille encontré una amplia variedad de productos importados que iban del whisky escoces Chivas Brothers hasta la leche entera larga vida Elle & Vire importada de Francia, pasando por el Cognac Hennessy del mismo origen, la margarina Marienne de Noruega y el jugo Ceres de Sudáfrica. Había una góndola sólo con comida y shampoos para perros y gatos y otra con todo tipo de hierbas e infusiones para adelgazar, algo llamativo en un país donde, ya antes del terremoto, el 23,8 por ciento de la población padecía malnutrición crónica y el 61 por ciento de los chicos menores de cinco años sufría anemia. Cerca del hotel donde me hospedaba también encontré una galería comercial que no tenía nada que envidiarle al Patio Bullrich y una casa de venta de cerrojos de última generación. No fue fácil localizar las mansiones que demandaban esos bienes de lujo y los dispositivos de seguridad para preservarlos. Hubo que adentrarse en la montaña para ver las fortalezas “medievales” de piedra ubicadas en Boutelliers y Kenskoff, dos barrios que fueron apenas afectados por el sismo. Allí viven banqueros, importadores, industriales, los dueños de las maquilas y de las empresas de servicios públicos que ganaron las privatizaciones de los ’90, porque en Haití no hay mucho, pero todo es privado y está en manos de unos pocos empresarios, entre los que se destacan Edouard Baussan, Richard Coles, Gilbert Bigio, Gregory Mevs y Réginald Boulos. Ellos son la cara visible de una élite que vive con un pie en Estados Unidos. No sólo por los vínculos comerciales que mantienen con capitales estadounidenses, sino porque pasan gran parte de su tiempo en Para ellos no es una “invasión” porque cada vez que sus negocios estuvieron en riesgo por la recurrente inestabilidad política y social se reposaron sobre la principal potencia continental a la espera de que pusiera orden. Siempre necesitaron a las tropas estadounidenses para asegurarse de que nada cambie. De hecho, fueron los marines quienes en febrero de 2004 forzaron la renuncia de Jean Bertrand Aristide y lo llevaron al exilio cuando el entonces presidente avanzó con algunas reformas sociales poniendo privilegios en riesgo. Ahora tampoco están dispuestos a que el terremoto permita barajar y dar de nuevo. Confían en los marines para volver a descansar en la cima de las montañas, lejos de los pobres y cerca de Estados Unidos. Fernando Krakowiak |