| El consumismo al máximo exponente: la navidad |
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| Martes, 15 de Diciembre de 2009 21:45 |
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Los comerciantes se frotan las manos ante la llegada de la época de desfase, cada año adelantan más la llegada del periodo festivo, hay que vender y ganar beneficios. Se aprovechan de la manipulabilidad de la gente: si te dicen que es tiempo de ser feliz consumiendo, a ser feliz ¡a consumir! Es hora de aparentar, si tienes dificultades económicas puedes gastar y gastar, ya te apretarás el cinturón el resto del año. Este año parece que no podremos comer marisco gallego, pero bueno, ya traerán de otro lugar, aunque sea más caro. La ocasión y el placer lo requiere, hay que consumir toda clase de objetos y caros alimentos para estar en sintonía con el espíritu navideño. Tampoco las revistas, televisiones, radios... han olvidado recordarme la multitud de magníficos regalos que puedo adquirir. También recuerdo el expolio que sufren los bosques, ya que hay que tener un bonito arbolito en el salón de casa lleno de luces de colores. Pero no podemos derrochar tanto sabiendo que la gente muere en otros lugares por no tener agua, comida... mientras nosotros nos ponemos las botas. La solución que nos da el sistema ante este remordimiento de conciencia no es otro que la caridad, esa que tanto predican ONGs, curas y obispos, y demás almas bondadosas. Conque dones las sobras ya parece que has hecho algo por los necesitados, ya puedes limpiar tu sucia conciencia y seguir observando desde la seguridad de tu solvencia económica, ya puedes seguir observando, es decir, seguir siendo un espectador que se sienta inamovible antes las desigualdades del sistema. Podemos pensar que a unos pocos no nos convence este circo consumista pero los juegos y juguetes violetos, sexistas, competitivos, sofisticados... se encargan de monopolizar la mayor riqueza de los niños: su imaginación, privándoles o dirigiendo su infancia para así de paso acostumbrar al pequeño ser humano en los valores del régimen: hay que ser competitivo pisando a los demás, tienen que acostumbrarse a ver guerras desde la lejanía, las guerras del capital. No podemos seguir tolerando el sistema, no podemos seguir sentados sin actuar siendo meros espectadores; hay que luchar por acabar con las desigualdades y la hipocresía que crea el capital. Hay que dejar que los niños dejen volar su imaginación libre, sin ataduras, para hacer personas no sumisas ni obedientes sino creativas y con espíritu crítico, libres.
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